martes, 19 de agosto de 2008

Por la Valldigna al Montduver (Encontrando al Rey)

"El hombre se descubre cuando se mide con el obstáculo"

Saint-Exupéry


Esta vez y contra todo pronostico fue el Rey quien nos dio jaque y aunque finalmente ganamos la partida, esta fue tremendamente igualada.
Ya hacía tiempo que teníamos pendiente esta ruta, estudiada, planificada y casi idolatrada a la espera de su culminación, eso llegaría en el día de hoy como homenaje a la onomástica de Luís, y es que hoy no sería el único en recibir felicitaciones, tanto al subir como al bajar, el grupo nos fundimos en esa felicitación mutua de alegría colectiva por la culminación de un gran reto superado. No era para menos visto lo visto además de lo vivido en aquella terrible montaña y su infinita subida, pero vamos con la crónica.
Un sábado más estábamos saliendo a las 08.00 o´clock de la base con el remolque cargado rumbo esta vez hacia Tavernes de la Valldigna para iniciar nuestra ruta, viaje amenizado por los comentarios de lo que había dado de si la semana y lo que nos queda por delante, alguna risa y mucha moral para afrontar el desafío de hoy que a priori y si el perfil no nos engañaba, no aventuraba ser un camino de rosas.
Dejamos el coche en el camí de Gandia, frente a nosotros se alza majestuosa la Serra de les Agulles, en lo alto, diversas cruces dominan el paisaje, enfrente, y detrás de nosotros se alzan las primeras estribaciones del cerro Montdúver que no dista en línea recta más de 6 kilómetros. Descargando las bicis nos adelanta un grupo de unos 9 ó 10 bikers que nos hace intuir la gran cantidad de ciclistas con los que nos encontraremos hoy. Tras los estiramientos musculares oportunos, partimos siguiendo la precisa indicación de la “martita” y su inflexible determinación cuando tiene algo metido entre circuito y circuito.


Llegamos al paraje de la Font del Clot, lugar tranquilo donde poder hacer un pic-nic en sus mesas a la sombra de inmensos árboles y con el fresquito que proporciona la fuente. De ahí nos dirigimos por el camí de la Fontarda entre naranjos hasta llegar al paraje del mismo nombre, un delicioso lugar donde parar a admirar el pequeño puente cubierto de arboleda y descansar bajo la imponente higuera que refresca el lugar, traernos una foto de recuerdo será nuestra manera de inmortalizar este precioso rincón.

Un poco más adelante enlazaremos con la CV 675, carretera entre Simat y Barx, ya sabéis que no somos amigos de la carretera pero es que esta vez no había más alternativas, además tratándose de una carretera que sube un pequeño puerto, con gran cantidad de curvas en zig-zag y con muchísimo tráfico ciclista nos sentimos un poco más resguardados ante los coches, el dicho de que la unión hace la fuerza es relativamente cierto en el caso de los ciclistas, cuantos más transitamos por una carretera más concienciamos a los conductores de que extremen la precaución. Comenzamos a subir este portillo con nuestras gordas y con 5 kilos de regalo a la espalda en nuestras mochilas.

Pronto comienzan a pasarnos misiles balísticos con forma de bicicleta de carretera (como las envidiamos ahora), para ellos parece que no hay subida, nosotros en cambio avanzamos trabajosamente pero aún así, a buen ritmo por este terreno. Comenzamos a subir desde los 50 metros y vemos como en cada curva la vista se nos llena de Vall-digna, más digna conforme más arriba estamos. A esto colabora y de que manera, el imponente casi fastuoso monasterio de Santa María. La parada fotográfica no se podía hacer esperar, así que hacemos un par de paradas contemplativas ante tanta grandiosidad.



Seguimos subiendo a buen ritmo la pendiente que sin desmerecer, no nos castiga en demasía y es que el asfalto nos facilita mucho la labor al tener un buen agarre con el firme sin asomo del efecto patinaje de las rampas de gravilla. Parece que la edad a la vista de algunos bikers de carretera que nos adelantan, no es óbice para que algunos nos pasen en plena subida a una velocidad endiablada, otros en cambio ya comienzan a bajar el portillo mientras nosotros seguimos subiendo. Llegamos arriba a 330 metros de altitud contentos de que las pulsaciones no se nos hayan acelerado demasiado, comentamos que hace tan solo un año esta subida hubiera significado fin de ruta y para casa, pero por algo tenemos los sillines llenos de muescas hechas en cada montaña coronada.
Pasamos por Barx para comprobar por que tenían tanta prisa los ciclistas de antes; en la plaza de la iglesia y a la sombra de la terraza del bar esperan pacientes ante una buena cerveza la llegada de bocadillos y es que su jornada ha llegado a su fin pero a nosotros todavía nos queda lo peor. A nuestro paso por el lugar el aroma alimenta, por lo que volvemos a envidiarlos, nosotros esperaremos un poco más para avituallarnos. Salimos del pueblo siempre transitando por la carretera en dirección Gandia, ahora ya tenemos visión directa de nuestro destino y la verdad es que impone respeto visto desde aquí abajo. Llegamos a la urbanización de la Drova donde un precioso cartel tallado en madera amenaza.... “Pu.jada al Montdúver - Altitud 841m.” y giramos a la izquierda para encarar la subida con un par haciendo caso omiso del cartelito.



En este punto, encontramos un numeroso grupo de bikers que se alegran de haber terminado la subida. Nosotros la afrontamos unos metros después. Acto seguido nos encontramos con un viejo conocido… el tío del mazo esta por allí, hoy con un mazo en cada mano y una sonrisa de oreja a oreja. Pronto empieza hoy el mamón este a repartir y a dos manos. La montaña despliega (lo sabremos después) una estrategia de defensa equivocada, es su afán de evitar nuestro avance por el centro ha mandado sus mejores y más duras rampas a nuestro encuentro: casi 800 metros de una pendiente terriblemente salvaje que dejará nuestros depósitos energéticos bajo mínimos para el resto de la subida, más por orgullo que por fuerzas seguimos subiendo esta rampa pues no queremos echar pié a tierra ante el primer obstáculo.





Parece que la rampa no se acaba nunca, pues el desnivel es tan brutal que nos impide ver el final. Retorciéndonos encima del manillar a duras penas conseguimos avanzar lo suficiente para mantener la verticalidad, reptamos por la carretera zarandeándonos encima de la bici, solo la vergüenza torera nos hace seguir adelante. Por fin parece que se ve el final de esta primera rampa allá adelante,pero eso está todavía muy lejos. Nuestra meta ahora mismo ya no es la cima del Mondúver, solo queremos acabar esta primera subida con tan endiablado desnivel.

Por fin lo conseguimos… llegamos a un descanso y tiramos las bicis en una sombra, no hay suficiente aire en toda la montaña para satisfacer la necesidad de nuestros pulmones, las pulsaciones disparadas, las piernas vacías, la fuerza parece habernos abandonado. Unos minutos después hemos conseguido respirar lo suficiente para comenzar a hablar. Comentamos la brutalidad de este preludio temiendo que más adelante nos encontremos con algo similar pues, esta parece que sube directo al cielo.

Ante nosotros vemos la continuación, otra buena pendiente, pero después de lo visto casi nos da la risa, vamos a por ella. Comenzamos a avanzar para comprobar que la estrategia de la montaña igual le da resultado pues nuestras piernas están vacías, después de unas cuantas pedaladas notamos como los gemelos se vacían, es como cuando bebes de tu camel back y compruebas que está vacía, ese espasmo que notas en la bolsa y que te dice “chupa chupa” y que te hace sentir el horror de seguir el resto de la ruta sin combustible, esas eran nuestras sensaciones más o menos.


Cada pocos metros tenemos que buscar una sombra y acurrucarnos los tres en ella para recuperar el aliento, más bien para buscarlo pues el cobarde ha huido en la primera rampa. El astro rey no ayuda lo más mínimo, todo lo contrario, cae cada minuto que pasa con más fuerza aliándose con la montaña para impedirnos su ascenso. Parada tras parada, trago de agua y fotos para hacer tiempo seguimos subiendo hasta que se impone el sentido común de comernos una barrita para quitar del estomago esa sensación de vacío que se traslada peligrosamente de las piernas al estomago. El depósito está tan bajo mínimos que tememos una pájara en cualquier rampa.




Subiendo cada uno a su ritmo y esperándonos en la siguiente sombra vamos conquistando poco a poco la subida. Estamos escalando la parte sur de la montaña, esta sigue mostrando sus piezas poco a poco, pronto llegaremos a un descansillo desde el cual parte el sendero PR 51-VIII en dirección a la font del Cirer. Parada para recuperar aliento, reagruparnos y de paso fotillo para el albúm al canto.




La visión de lo que nos espera en adelante es realmente desalentadora, otra terrorífica subida se alza imponente ante nuestra mirada y parece que será así hasta el final, antes de ella una pequeña vaguada nos dará un pequeño impulso para iniciar la subida, esta comienza de forma tan pronunciada que el frenazo que pega la bici es considerable, la velocidad de 48km/h alcanzados en este pequeño desnivel nos da una clara idea de lo que nos espera cuando bajemos la montaña de verdad y de la precaución que tendremos que tener.

La siguiente parada no se hace esperar, y en la siguiente curva de zig-zag paramos ante una imponente panorámica de la ladera de la montaña, frente a nosotros unas piedras en equilibrio se empeñan en dibujar el perfil una cara, no sabemos si sonríe o si se burla de nosotros, o tal vez todo sea producto de nuestra imaginación debido al cansancio. Al reanudar la marcha una nueva rampa asesina se planta ante nosotros desafiante, ya sabemos lo que nos toca, retorcernos encima del manillar e intentar utilizar todo el ancho de la carretera, poco a poco vamos viendo que el calvario se acaba, por lo que tiramos con más animo que fuerza para arriba deseosos de terminar con el castigo lo antes posible.

A estas alturas la montaña ya no tiene piezas con las que defenderse, las últimas torres cayeron con estas últimas rampas, su ataque suicida de inicio le dejó sin su mejor arma, aunque casi le da resultado ya que nos ha llevado en jaque durante toda la pendiente y al borde del desfallecimiento, rampa a rampa hemos ido superando sus piezas y ahora aquí arriba por fin somos conscientes de que hemos acorralado al Rey lo hemos puesto en jaque y el mate se avecina.



Ya vemos ante nosotros la imponente última rampa, pero la visión directa del final de la subida nos insufla unas fuerzas que creíamos perdidas mucho tiempo atrás, o quizá solo son ganas de beberse una buena cerveza fresquita en su cumbre.


Sea como sea las pedaladas se suceden y la bicicleta avanza lenta pero segura hacia una nueva cima a punto de ser conquistada, otro lugar donde plantar nuestra bandera, que digo bandera, hoy plantaremos un estandarte, mejor aún; un pendón.




Salva ya nos espera arriba e inmortaliza tan histórico momento con una instantánea cuya imagen refleja el sufrimiento padecido en la mañana de hoy ( y es que una imagen vale más que mil palabras) . Reunidos todos ya en la cumbre, no nos queda más que una eufórica felicitación ante la proeza, la gesta, la épica del momento. Jaque mate.


Almorzamos aun poco más arriba, junto al muñón cuya apariencia simula un vértice geodésico pero que no lo es, puesto que carece de la tradicional placa geodésica en su base, más parece un antiguo remate donde se instaló en el pasado alguna antena primitiva o algún pararrayos.

Las vistas desde aquí son inmejorables. Bueno, inmejorables si el día fuera claro, pero la bruma se apodera de casi todo en la distancia, aunque aún así podemos ir distinguiendo desde el Montgó hasta la Albufera, queremos adivinar en la lejanía del mar algo que pueda ser Ibiza, pero es demasiado aventurar decirlo a ciencia cierta. Foto de grupo al canto mientras nos deleitamos con la cervecita y el bocata ante el balcón al mundo en el que nos hemos instalado hoy.












Después plantamos nuestras bellotas y hacemos las mil y una fotos de rigor. Comentamos esto y aquello mientras nos dejamos arrastrar por el mágico embrujo de los paisajes que se encadenan entre sí y se funden en la bruma ante nosotros. Otro de los comentarios que surge y que da titulo a esta crónica es que por fin hemos encontrado al Rey de nuestras subidas, junto con nuestra Reina: La Rodana y algún que otro alfil llamado Caroig, ya podemos jugar una partida de ajedrez con los montes Valencianos. Esta, nuestra primera partida la hemos ganado.Es hora de descender. Tenemos la duda sobre si coger el sendero que comentábamos antes hacia la font del Cirer o si bajar por donde hemos subido, tendremos que llegar nuevamente hasta el descansillo de antes para decidir. Bajamos estas primeras rampas con precaución pero el ímpetu que ponen las bicis en la bajada es difícil de frenar, algún que otro plano en la rueda y apuradas de frenada brutales nos hacen comenzar a frenar con un poco más de anticipación. Esta tan inclinado el descenso que a veces pensamos que vamos a salir volando por encima del manillar, por lo que ponemos el culo por fuera del sillín para dejar el centro de gravedad más retrasado y así evitar el despegue por delante de la bici. Llegamos al descansillo y comprobamos que el sendero parece apto para descenderlo en bici aunque pasa por terreno que con la distancia parece muy abrupto, luego y todo según nuestras apreciaciones parece que inicia una subida por la ladera de la montaña hasta que al fin vuelve a bajar y se une a una pista ancha y en condiciones.

Pues a la vista de esto decidimos hacer el descenso por el mismo camino de subida y perder unos kilos con la adrenalina que vamos a quemar. Dicho y hecho. Nos lanzamos por la pendiente sin dejar los frenos muy libres pues la bici se ciega en cada pequeño desnivel que encuentra y tenemos que retenerla a fuerza de maneta. Vamos curveando con destreza y deseando que no se nos cruce nadie de subida pues ya resulta muy difícil parar como para encima tener que esquivar a alguien, en estas estamos cuando una curva de 180º se interpone entre nosotros y el resto de la bajada, tiramos de frenos, un poco más, más, más Más MÁS MÁÁÁÁÁÁS, Luis bloca la rueda trasera y con ella dibuja una sonrisa nerviosa en el asfalto cuyo resultado es ese temblor repentino en las piernas que todos conocemos, vamos tan juntos que todos tenemos la misma dificultad para frenar y nuestra cara se mimetiza con la sonrisa de goma, ante nosotros la curva se acaba y vemos que inexorablemente nos salimos de la calzada, en el último suspiro vemos una escapatoria pues, la curva tiene un trozo de tierra libre antes de la arboleda y antes del precipicio por lo que si conseguimos salirnos con poca velocidad aun nos queda una posibilidad de parar allí.


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Seguimos obligatoriamente exprimiendo los frenos, a estas alturas creo que ya debemos de estar frenando con las zapatillas en la rueda. En el último centímetro de asfalto he conseguido girar y mantenerme dentro de la carretera, ellos por su parte igual que yo ya que no los he visto salirse, aunque no estaba yo para fijarme mucho, la verdad. Las siguientes rampas las abordamos con algo más de precaución mientras el corazón vuelve a su sitio y se pone otra vez a su ritmo “normal”.
Vamos dejando atrás todas las sombras que nos han servido de aliento en la subida sin tiempo para despedirnos de ellas. Sin previo aviso se pone ante nosotros una zona ya olvidada con gravilla en toda la calzada, tendremos que pasar si o si pues no hay tiempo para frenar, cogemos fuerte el manillar y abordamos la entrada con el manillar lo más recto posible, el cambio de agarre y el leve deslizamiento de las ruedas sobre esta nueva superficie nos da un pequeño susto incluso antes de abordarlo, y es que el miedo es una estupenda forma de defensa, nos hace anticiparnos a los acontecimientos con unas milésimas de adelanto.


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Ya solo nos queda enfrentarnos a la madre de todas las rampas, bueno eso fue antes, ahora se ha convertido en una pendiente. Vamos rápido hacia ella, la vemos unas curvas por delante, ya estamos. Son casi 800m. de descenso en línea casi recta, como nos salga un coche o alguien de una esquina….nos lanzamos hacia abajo tan ciegos como las bicis, por unos instantes incapaces de tocar los frenos pues queremos disfrutar de este “Dragón Khan”, al poco el instinto de conservación y el sentido común se intentan abrir hueco entre la neurona y el inmenso espacio vacío que es nuestra capacidad de razonar en este momento. Aún no sabemos como pero la lógica se ha impuesto a la tremenda sensación de placer que se siente en una bajada de este tipo y muy a nuestro pesar estamos tirando de freno para intentar que el avance de las maquinas no se haga imparable. Con una sensación de puro éxtasis y euforia llegamos al mismo punto donde vimos a los bikers y paramos para recuperarnos de tan trepidante descenso, esto merece celebrarlo de nuevo con los compañeros entre risas y comentarios de alegría. El velocímetro no miente y nos marca una máxima de 63.5km/h. ¡¡¡¡uffff!!!!
Antes de lanzarnos en busca de Barx miramos atrás y dejamos constancia en la memoria digital de lo que acabamos de superar, el Mondúver nos contempla desde su altura, pero vencido. Ahora mismo la sensación que tenemos es que no volveremos, pero igual que con el Caroig esa sensación ya se nos ha pasado, sabemos que con nuestro Rey eso también pasará, además traeremos al “torito” para que “disfrute de estas rampitas”. Nos dejamos caer hacia el pueblo, pues ya todo lo que nos queda es bajada, tras atravesarlo nos lanzamos con algo más de velocidad por la subida de antes. El buen estado del firme y la anchura de la carretera nos hacen ir ganando velocidad, esta se reduce a la entrada de las curvas pues los zig-zag se suceden y nos obligan a frenar, aún así la velocidad se siente. Vamos al encuentro del Real Monasterio de Santa María de la Valldigna, en este enlace encontraremos un poco de historia del monasterio y de la Vall en la que se ubica: http://www.jdiezarnal.com/monasteriodesantamariadevalldigna.html






Tras la visita a este impresionante lugar nos dirigimos a la ermita de Santa Ana que se encuentra a escasos metros, constituyendo así un lúdico y cultural fin de ruta a la etapa de hoy. Comentar que esta ermita fue en su día la mezquita de la Xara.








Ya nos encaminamos hacia el coche para dar por concluida la ruta de hoy. Antes volveremos a pasar por la Fontarda y no podremos sustraernos al encanto del lugar, parada fotográfica y continuaremos en busca de las mejores vistas del Castillo de "Marinyén” o de la Reina Mora. Un pequeño error de calculo nos hará pasarnos de largo, afortunadamente se ve desde varios sitios allí a lo lejos encaramado en su atalaya de piedra desde la que domina el valle.

No nos queda más que llegar al coche para iniciar el regreso a la base con la sensación del deber cumplido, la vuelta en el coche será un sin parar de comentar anécdotas y situaciones vividas en la colosal jornada de pedaleo vivida con intensidad y con gran placer. La compañía lo merecía. Hoy, por ser la onomástica de Luis hemos acordado regalarle en los años venideros esta ruta tal día como hoy, veremos la que nos guarda él a nosotros, jeje.







jueves, 14 de agosto de 2008

Por el Turia a la Albufera

“¿Es que alguien ha pronunciado el nombre de Valencia? / Amigos míos: deteneos conmigo y / hablemos de ella / pues su recuerdo es como el frescor del agua / en las entrañas ardientes / porque en ella el sol juguetea / con el río y la Albufera”.
al-Rusafi
En la mañana de hoy, nos hemos dado un baño espectacular por algunos de los iconos de la cultura Valenciana, hemos buceado por algunos de los lugares más típicos de nuestra querida Valencia, desde su río, que la hace capital, hasta su más preciada y peculiar característica geográfica como es La Albufera, desde los naranjos de l´horta hasta los arrozales de Valencia, de la frondosa vegetación de la ribera del río, al bosque de la dehesa del Saler, de la más moderna de las ciudades a la más tradicional pedanía/alquería de la marjal, desde las playas llenas de turistas dorando su cuerpo al sol mediterráneo, a los labradores hundidos hasta las rodillas en el lodo del cual crecerá la cosecha, y por todos estos lugares, nos topamos con una innumerable variedad de aves vigilando nuestro paso desde el cielo, o en ocasiones con su vuelo rasante, como el de las gaviotas al seguir las barcas de pesca; o como el majestuoso y pausado vuelo de las magnificas garzas reales, llenando el cielo al desplegar sus alas, patos que alzaban su vuelo alborotado a nuestro paso silencioso por los caminos entre inmensos arrozales. Nuestras pupilas se han llenado hoy de bellas estampas valencianas dignas del mejor Sorolla, imágenes que a buen seguro guardaremos durante mucho tiempo en nuestras mentes.
Pero como siempre, vamos por partes.
La primera ruta que teníamos prevista por la Albufera era una ruta perimetral, más tarde decidimos que no estaría de más hacer un homenaje a nuestra antigua ruta de la Malvarrosa y buscar una aproximación hacia el Saler y por consiguiente a la Albufera, la dificultad estribaba en los más de 80 kilómetros de recorrido que saldrían de tal aventura. Teníamos localizado un carril bici desde la ciudad de las artes y las ciencias que llegaba hasta el Saler, y una vez allí, por dentro del parque natural, existen infinidad de caminos para recorrer esta excepcional zona natural de incalculable valor tanto medioambiental como paisajístico, que es el autentico pulmón de Valencia. La distancia a recorrer nos aconsejaba una media de entre 18-20km/h., el hecho de circular por terreno llano nos tendría que facilitar la labor, pero aún así los kilómetros había que pedalearlos todos.
A las 08.30 de la mañana con puntualidad meridiana nos ponemos hoy en marcha por el camino de antaño tantas veces recorrido y que nos va mostrando poco a poco los cambios en la fisonomía de las ciudades. Un nuevo edificio aquí, un parque allá, en fin, las bicicletas a estas alturas comienzan a preguntarse donde narices las estamos metiendo que aún no han tenido que comerse ningún bache o rodera; pensamos que de un momento a otro se van a declarar en huelga.



Cruzamos el río en Quart por el pont de Catxó para internarnos en las huertas de Paterna, poco después llegamos al parque de bomberos de Campanar para comprobar como una obra en la carretera nos impide el paso y nos hace volver atrás para bajar hasta el viejo azud del Turia, tras cruzarlo llegamos al parque de Cabecera y desde ahí seguimos el viejo cauce hasta la Ciudad de las Artes y de las Ciencias donde saldremos del río para buscar el carril bici que nos llevará hasta la orilla de la playa de Pinedo.
Es este tramo el peor de la ruta, ya que discurre paralelo a la autopista de el Saler, el ruido del tránsito y la velocidad a la que pasan junto a nosotros nos hace temer que algún vehículo se pueda salir de la carretera, por si esto no fuera suficiente a nuestra izquierda surge una acequia con unas ¿aguas? de un color indeterminado, lo que para nada es indefinido es el tufo que desprende, si en algún momento no es de la acequia es de la depuradora junto al plan sur, pues inexorablemente nos vamos acercando a ella siempre paralelos a la CV 500. Cruzamos la vía del tren por una elevada pasarela que se nos asemeja a un puerto de 1ª por sus pronunciadas pendientes y nos adentramos en la zona del ZAL del puerto de Valencia próxima al polígono industrial de Nazaret, la estampa es desoladora, una zona de aspecto feo, sucio y triste que recuerda una zona industrial de épocas pasadas que contrasta de forma brutal con los edificios modernistas y limpios que acabamos de dejar atrás.
Nosotros, que sin ser unos grandes defensores de la edificación y de construcciones por doquier, no podemos por menos que reivindicar lo “bello”, nuevo, limpio y ordenado frente a este caos post industrial que da ganas de llorar. Lo mejor de esta zona, la pequeña parroquia de la Concepción que emerge como un oasis en medio de este arruinado paisaje.
Estamos cerca del club náutico de Valencia y por ende de la depuradora, ganas tenemos de cruzar al otro lado del cauce para llegar a la playa y cambiar de aires. Estos nos reciben con el frescor de la brisa marina y un penetrante olor a salitre. A estas horas ya comienza a haber un gran número de personas que vienen a disfrutar de un fantástico día de playa. Y aquí comienza el espectáculo, primero con las gaviotas detrás de las barcas, centenares de ellas revoloteando a ver que pueden pescar. Luego las dunas que van reteniendo a una flora cada vez más creciente para albergar la fauna que a buen seguro hay en la zona, hemos podido ver a nuestro paso conejos y algunas culebras que serpenteaban el camino.


El carril bici está casi inutilizado en algunos tramos por la cantidad de arena que en él se acumula arrastrada por el viento marino o bien por las plantas que crecen cerca y lo invaden, la falta de mantenimiento es obvia, cuestión que nos obliga a dejarlo y transitar por el paseo, esto por no hablar de la ambulancia de la cruz roja o de los quads de la policía local que aparcan sus vehículos como no, en el carril bici, que la gente aparque en el carril bici nos parece mal, pero que tanto las autoridades como los profesionales de la cruz roja, que se supone deberían fomentar el uso de este carril lo hagan es otra cosa, pero en fin, así están las cosas.

Nos acercamos a la zona polideportiva de el Saler y a partir de ahí, ya entramos en la Dehesa. Los árboles y el Llentiscle comienza a formar un estrecho pasadizo por el que nos adentramos en esta zona, también existen anchas pistas por las que circular, pero estas las tomaremos al regreso para hacerlo más cómodo y rápido, ahora queremos impregnarnos de vegetación, de olores a tierra húmeda y de sombras bajo pinos y arbustos impenetrables. Hemos pasado junto al itinerario de los sentidos y sin seguir exactamente el mismo recorrido ya hemos alucinado en colores. En ocasiones las ruedas se quedarán frenadas en las duna de arena, otras veces rodaremos por un camino hecho de traviesas de viejas vías de tren, curvearemos por angostos pasillos vegetales que nos harán perder de vista al compañero que llevamos delante si dejamos más de tres metros de distancia, sencillamente impresionante.


Llegaremos a las urbanizaciones terroristas….digo; terroríficas; verdaderas aberraciones urbanísticas acometidas tiempos a sobre este paraje natural (ver este enlace):
(http://www.albufera.com/portal/modules.php?name=Content&pa=showpage&pid=6).
Después de pasar las edificaciones nos dirigimos hacia la gola de Pujol, que es la principal desembocadura de la Albufera al mar.


Nos acercamos a ver el Estany de la Dehesa. Un breve descanso para admirar la belleza del lugar que destila paz por cada uno de sus rincones y volvemos unos metros atrás para adentrarnos junto a la gola y recorrer el itinerario histórico de el Pujol. Continuaremos por el itinerario botánico y nos incorporaremos esta vez sí a la pista o camí vell de la dehesa que nos llevará a la carretera del Perellonet, justo antes de llegar al campo de golf y al parador nacional. Otro enlace interesante con los diversos recorridos por la zona:
http://www.albufera.info/servicios/descargas/itinerarisdevesa.pdf
Con suma precaución circularemos metidos en el arcén (bastante amplio y con buen firme) por espacio de unos 2 kilómetros, cruzaremos la gola del Perellonet y llegaremos hasta la rotonda, viramos a la derecha para meternos de lleno en los extensos arrozales de la marjal. Rodaremos por este laberinto de caminos entre las aguas comprobando que en ocasiones estamos según el GPS por debajo del nivel del mar. ( a -2 mts). Las aves aquí son las dueñas del paisaje, con el permiso del arroz que, lento, va creciendo para ir tapando la inmensa superficie de agua sobre la que se asienta y enraíza. Es todo un espectáculo observar como se suceden de manera interminable los campos de arroz cubriendo el paisaje de verde hasta el horizonte. También lo es ver como levantan el vuelo las garzas, con sus largas patas andan sobre las aguas buscando cangrejos que atrapan con su largo pico para luego desplegar de ese pequeño cuerpo unas descomunales alas con una elegancia y majestuosidad dignas de la realeza a la que pertenece su especie. Nos acercamos a una hermosa masía que se eleva fundida entre arrozales y cuyas alegorías en típica cerámica valenciana a modo de placas de calle nos llaman la atención (¿será por que somos maniseros y llevamos la cerámica en la sangre? ; va a ser que sí), pero entre todas, una de ellas lo dice todo “ Valencià i home de bé”, así de simple, casi ná.

Llegaremos hasta la pedanía de el Palmar para dejarlo momentáneamente atrás y dirigirnos hacia la orilla de la albufera propiamente dicha. Para llegar hasta aquí habremos marcado otro récord de distancia “en línea recta” desde la base, 26,88 kilómetros, pero este no será el único récord que marquemos hoy.
La inmensa superficie de la Albufera sirve de corredor al viento de levante que sin obstáculos que lo frenen, mantiene una constancia considerable rizando la superficie del lago, al otro lado las montañas se nos muestran desafiantes por ver si somos capaces de distinguirlas. En este primer intento nos han vencido, estamos más despistados que una cabra en un garaje. Volveremos sobre nuestra marca hasta El Palmar, donde un buen bocata y unas buenas birritas nos servirán de avituallamiento mientras descansamos las piernas alrededor de una buena conversación con los amigos. Ya estamos listos para la vuelta.

Esta vez cogeremos la carretera que va hacia el Saler para ahorrar unos kilómetros y así no tener que regresar hasta el Perellonet, por lo que animados por el poco tráfico que hay nos lanzamos a una loca carrera por acabar cuanto antes este terreno del que no somos muy amigos.
Una vez en al carretera de el Saler cogeremos el primer camino que entre nuevamente hacia la dehesa y de esta manera, volver a nuestro terreno. Estamos en el camino del lago, una vez en él no tenemos más que seguir el track en dirección inversa para no perdernos. Aunque en honor a la verdad, esta vez volveremos por las pistas forestales y no por dentro del monte, pero iremos paralelos al track de ida. Es en este terreno donde encontramos los restos de las últimas lluvias, que otra semana más nos dan una tregua para nuestra salida semanal, sin haber dejado grandes charcos nos dejan algunos espejos de agua, suficiente para reflejar un pedacito de la belleza sutil y deliciosa de este paraje que tan gratamente nos ha sorprendido.

Volvemos pensando en la próxima vez que vengamos aquí pues estamos dispuestos a repetir la experiencia, sobre todo por que al rodar sin mochilas no hemos cogido la cámara, cuestión que tal vez haya sido lo mejor, por que de no ser así el horario previsto se hubiese disparado, pero Salva amenaza con volver y a la otra será con la digital. A estas alturas ya no nos importa tener que pasar por el tramo feo y maloliente de antes, las sensaciones tan intensamente vividas nos han compensado sobremanera y nos han dado un puntito extra para poder superar este escollo, después de todo ha merecido la pena hasta el pasar por allí. Seguimos rodando a buen ritmo, como en toda la jornada ya que la media prevista teníamos que mantenerla para no demorar en demasía el regreso. Los kilómetros acumulados en nuestras piernas en las innumerables montañas subidas en todas nuestras rutas nos permiten tener la potencia necesaria para rodar en terreno llano a buen ritmo. De todas formas la dilatada distancia de la ruta, unido a la altísima velocidad hace que en algunos momentos necesitemos un respiro. Ya vamos echando cuentas para comprobar que nos vamos a meter entre pecho y espalda nada menos que 88 kilómetros a una media final de 19,8km/h. no esta mal amigos.
Las pequeñas subidas que otrora nos parecían el “Tourmalet” casi no nos obligan ahora ni a cambiar de desarrollo, evidentemente no podemos más que dibujar una sonrisa en nuestros labios y disfrutar del momento. Llegamos a la base con las pertinentes felicitaciones después de más de 6 horas de intenso pedaleo y la satisfacción de otras tantas de intensísimo deleite. En definitiva, la dehesa de el Saler es uno de esos lugares que hay que conocer sí o sí, parece mentira que tan solo a 10 kilómetros de la capital tengamos este rincón de singular belleza tan desconocido para la mayoría de nosotros.
Para muchos amantes de la bicicleta de montaña este paraje carece de aliciente en la medida que carece de montaña, craso error, alguna rampa o subida tan solo sería el remate del tomate, pero lo realmente bello está en su interior, en la infinidad de recovecos esperando a ser descubiertos por nosotros, para disfrutarlos cada uno a nuestra manera. Os animamos a descubrir un autentico privilegio natural de los Valencianos, a respetarlo, a mimarlo y a cuidarlo con esmero para disfrute de los valencianos y de todos aquellos que se acerquen a nuestras tierras por muchos años más.




Nota: Todas las fotos que aparecen en esta crónica han sido tomadas de Google Earth.