miércoles, 22 de octubre de 2008

La Tinença de Benifassá

"La natura és una cosa tan ben feta, que jo crec que no hi manca res, i en totes les hores de la vida ens convida a tots els vivents a aturar-nos alguns instants a observar-la. Es tan sàvia que hom diria que és perfecta. Es per això que ens brinda tot aquest esclat de saviesa perquè cadascú en tregui el millor partit possible. Aquell qui serà prou agosarat d'arribar fins a l'ànima de la saviesa serà el príncep d'aquesta meravella de meravelles que anomenem Natura"
Joan LLuis.


"El camino hecho poesía. Es ella, que con sutil fuerza encaja la belleza a golpe de palabras en el estrecho espacio de nuestros sentimientos, que encadena la suave y tenue curva que acaricia los sentidos, la brutal y poderosa fuerza que de repente nos golpea lo más hondo de nuestro ser y nos hace estremecernos o reflexionar, reír o emocionarnos; como las palabras es el camino, que ante nosotros ondula solitario entre las montañas, perfila la delicada sinuosidad de sus laderas o trepa rabioso hacia sus cumbres, se interna en lo más profundo del bosque buscando sus rincones, descubriendo sus entrañas; las palabras nos describen lo que vemos, pero hay que estar para vivirlo, hay que vivir para serlo. Las palabras, extraños símbolos cargados de poder; pero aquí es donde sientes la poderosa fuerza de la naturaleza. Vida gritando por doquier, atrapándote en medio de ella, mostrando su belleza. Palabras tejiendo versos; hojas tejiendo alfombras con las flores, con los árboles, con las sombras y las luces, con las piedras, con el camino y las montañas. Palabras inundando el universo de la comunicación y por ende de la comprensión, pero hay que estar aquí para comprender, no importa comunicarse, sólo sentirse parte de esta apabullante realidad natural. Y por inundar sólo echamos de menos la lluvia, que no el agua; umbrías repletas de humedad, fuentes, barrancos, riachuelos y ríos, y por fin el embalse, y por encima de todo el mar, eterno en la lejanía pero presente desde lo alto de las montañas, ya solo nos faltó llorar, aunque quizá lo hicimos; en silencio y a escondidas las lagrimas asomaron a nuestros ojos al ver tanta belleza, tanta poesía. Solos, pues otros ojos nos observan y a la vez no quieren ser observados sumidos en su intimidad. Palabras, poesía, camino y montañas. Tal vez sea lo mismo, o tal vez dé todo igual. Que otros hagan poesía, que nosotros la recorremos; y, si hay un camino que es poesía, no es otro que La Tinença de Benifassàr”.
Roda i Pedal

Hoy había que empezar esta crónica de una manera especial, tan especial como la ruta que hemos recorrido esta semana.
Tras la habitual cita con la que iniciamos nuestras crónicas, esta vez nos hemos permitido la licencia de incluir una propia como guinda a un fin de semana de excepción, y es que lo que vamos a narrar a continuación no solo es el desenlace de la ruta, sino también buena parte de los momentos vividos a lo largo de estos dos días que como no podía ser de otra manera, han sentado cátedra y serán, sin duda alguna, el inicio de lo que esperamos sea una larga serie de salidas anuales de las que nos gusta compartir con nuestras mujeres, tal vez como premio a sus múltiples desvelos para con nosotros y nuestra afición al pedal.
La travesía por los montes de la Tinença llevaba mucho tiempo planeada y esperando a poder ser hecha realidad. A través de lecturas, comentarios de amigos y algún programa de televisión como Planeta Bicicleta, fuimos teniendo conocimiento de este fabuloso espacio que constituye el ahora Parque Natural. Una agradable inquietud anidó en nuestra mente y nuestro espíritu, hechizándonos de un modo que no ha hecho más que crecer con el recorrido que vamos a relatar.

Como bien explica nuestro amigo José Manuel Almerich en su hermoso libro sobre Els Ports, “La zona má agreste, salvaje y despoblada de nuestro país, se encuentra precisamente allí donde el Sistema Ibérico choca y se entrelaza con la Serralada Costera Catalana. Els Ports, nombre histórico con el que se conoce este excepcional conjunto orográfico, donde confluyen los antiguos reinos de Valencia, Aragón y el Principado, es una región natural de indescriptible belleza…El Macizo del Ports es un increíble laberinto de montañas y valles, crestas y carenas, barrancos y elevados murallones cubiertos de una densa vegetación inaccesible al hombre en muchas de sus zonas…los barrancos, cortados en vertical, impiden el paso y espesos bosques dificultan las travesías, cubriendo el macizo en su totalidad…lo quebrado y fragoso, abrupto y escarpado de estas montañas y la multitud de enclaves totalmente inaccesibles al hombre, ha permitido la conservación de una riqueza botánica y faunística incalculable…El enorme tamaño de Els Ports, que además enlaza con las montñas de La Tinença de Benifassà, subcomarca que pertenece a Els Ports de Morella…lo convierten en un perfecto refugio para una gran variedad de especies, tanto animales como vegetales, muy escasas o inexistentes en el resto de nuestras montañas…sin temor a caer en la subjetividad, podríamos afirmar que estos itinerarios son los más hermosos de todas nuestras rutas…El hechizo del paraje no debe hacernos olvidar que estamos ante un lugar donde la orientación es muy difícil, pues no existen puntos de referencia claros y la niebla cubre muy a menudo estas montañas, impidiendo la visibilidad…Se puede visitar en cualquier época del año, pero las nevadas del invierno, a veces abundantes, hacen las pistas intransitables incluso yendo a pie. Es mejor la primavera o el otoño y aun así hemos de proveernos de ropa adecuada ya que los cambios de temperatura son bruscos y las tormentas frecuentes. Las nieblas entran al atardecer…El agua es escasa en todo el macizo, tan solo alguna fuente…por lo que se hace necesaria una provisión adicional de la misma, sobre todo en verano…Montañas y más montañas, bosques inmaculados, cinglos y agujas monumentales, cimas escarpadas y caminos escondidos, donde en cada revuelta nos maravillaremos ante la diversidad de sorpresas que encierra el que, probablemente, sea uno de los últimos rincones más desconocidos del Mediterráneo Occidental”.
Es evidente que ante la lectura de tan sugerentes descripciones, cualquier ciclista de montaña que se precie quedaría absolutamente prendado. Nosotros, quedamos hasta tal punto que, lejos de controlar nuestra excitación, la incrementamos indagando sobre el lugar, viendo numerosas fotografías y el citado programa de televisión que avivaron, si cabe, el poderoso fuego que ya había prendido en nuestro interior. Tras estudiar las distintas posibilidades, optamos por un recorrido que hiciese compatible el disfrute de espacios naturales y nuestras posibilidades físicas como bikers. Pertrechados con todo lo necesario y con la travesía bien planeada, esperamos el momento en el que horarios, compromisos y el tiempo atmosférico nos dijesen que había llegado el instante. Los aplazamientos en la realización de esta ruta, no hacían más que añadir ese punto de ansiedad que al fin hemos podido soltar. Todo ha sido perfecto. La semana con todos los preparativos, y con un ojo puesto permanentemente en la información meteorológica, para de esa forma ayudar en la medida de lo posible con alguna plegaria o herejía según conviniera. Un último entrenamiento a media semana sirvió para calentar musculatura, soltar tensiones y comprobar el estado de las maquinas. La perfección empezó el viernes, que con puntualidad exquisita nos pusimos en camino, asegurándonos de llevar tras nosotros el remolque con las “burricas”. A las 16.30h. nos encaminamos hacia El Boixar, punto de partida de nuestra ruta y base de operaciones durante todo el fin de semana. Dejamos la autopista y nos dirigimos hacia el embalse de Ulldecona, las montañas ya nos saludan de lejos ansiosas por medirse a nosotros y conforme nos acercamos, parece que nos invitan a internarnos en sus recónditos paisajes escondidos. Será a partir del pantano hacia arriba cuando los paisajes nos deleiten a cada momento, estamos deseando que llegue el momento de montar las bicis y empezar a saborear esta ruta. Nos sorprende a mitad de camino el pueblecito de El Ballestar, erguido en un promontorio rocoso cual barco encallado en

La llegada al Boixar nos recibe con un intensísimo y gélido viento que nos hacer correr en busca de la llave del alojamiento que hemos reservado; la Roureda Nova nos acoge con su intimista decoración en piedra y madera que nos hará sentir verdaderamente como en casa, esta sensación será gratamente ampliada con la buena cocina y servicio de la Casa Refugi El Boixar, destacando la exquisita atención, trato y amabilidad del ya para siempre amigo Ximo, así como sus sabios consejos e información de la zona por donde vamos a transitar.

Descubrimos la casa con interés y tras esto una vuelta de reconocimiento por el pueblo a pesar del intenso y helado viento que azota la zona, por lo que volvemos a casa y nos tomamos una birrita para ir calentando motores antes de la cena.



El comedor de la casa refugi es un coqueto espacio en dos alturas presidido por una imponente chimenea que llena la pared de la parte baja donde se disponen las mesas, colgando de las paredes los aperos de labranza largo tiempo en desuso a modo de decoración, arriba una pequeña sala de lectura y el acceso a las habitaciones. Tras la excelente cena y de regreso a casa, uno de los pocos vecinos que pernocta en el lugar, observa con interés como miramos hacia el cielo y nos indica el mejor lugar para mirar este increíble y negro cielo plagado de estrellas, a pesar incluso de encontrarnos a poco más de 24 horas del plenilunio, es más, en un tris, entra en casa y saca un pequeño telescopio y nos guía hasta un pequeño reducto entre los muros de la vieja iglesia al resguardo del cortante viento, allí hacemos una rápida observación de Júpiter y sus lunas y nos perdemos en una amena conversación sobre el modo de vida de los lugareños, envidiando en más de una ocasión el privilegio de vivir aquí. Solo la incomodidad del persistente viento y la necesidad de no demorar en exceso la velada debido a lo que nos espera mañana, nos hace despedirnos de este hospitalario vecino y volver a casa donde continuaremos con la charla alrededor de unas amables cervezas y chupitos… ¡¡¡que viva la fiesta!!!! , pero la obligación manda y llega el momento de retirarse con todo planificado para mañana.
Ya es mañana, digo hoy. La ruta que vamos a realizar no es circular por lo que hay que tener en cuenta la logística para cerrar el círculo. El plan es dejar el coche con el remolque en el pantano de Ulldecona y regresar con el otro coche hasta aquí para iniciar la ruta pues, la subida desde el pantano hasta el lugar donde pernoctamos es morrocotuda, y para más inri, todo por carretera y eso no lo vamos a hacer, así que con las primeras luces del día nos bajamos con los dos coches y dejamos uno para volver con el otro. Desayunamos entre comentarios del frío que hace y algún amago de volver a la cama hasta que se vaya el viento, pero ni de coña, todo apunta a que nos acompañará durante todo el día.
A las 09.30h. nos ponemos a pedalear en dirección a Fredes, estos primeros kilómetros que nos separan del primer desvío si que son por carretera, pero solo nos topamos con dos o tres vehículos que vete tu a saber donde van a estas horas tan tempraneras por tan recóndito lugar, nos decimos entre bromas. Por lo visto esta carretera es menos transitada, de hecho ni un solo vehiculo, solo algunas vacas nos observan a nuestro paso hasta llegar Fredes.

El viento nos golpea con fuerza y nos lleva a su merced por todo lo ancho de la carretera, cuestión que nos obliga a extremar la precaución sobre todo en las bajadas y no acercarnos a los formidables cortados que crecen en el margen derecho de la carretera, esta ya nos va dejando impactantes visiones de todo el valle, por encima de todo y allá a lo lejos divisamos el mar, diferentes montañas pero el mismo mar que en casa. Las paradas fotográficas ya hace rato que empezaron y lo que queda…

Llegamos a Fredes y lo recorremos por dentro, como en el Boixar, ya esta.


Enfilamos una pista forestal que se interna entre las montañas en dirección norte, hacia el Tossal dels tres Reis, punto divisorio entre los reinos de Aragón, Cataluña y Valencia y desde el que según cuenta la tradición se reunían a parlamentar los Reyes sin salir de su reino. El camino nada más comenzar ya nos da una idea de su dureza, sobre todo porque el firme esta machacado y roto como en los peores caminos que hemos recorrido, la pendiente a pesar de no ser muy cruel también va pasando factura.


Lo bueno que tiene es que nos mete de sopetón en un tupido bosque que ya no abandonaremos hasta el final de nuestro recorrido. En un momento de la subida y aprovechando una parada por el paso de vehículos forestales, creemos distinguir a lo lejos a nuestras espaldas el campanario de El Boixar emergiendo de entre las montañas.

Todo cuanto nos rodea es montaña y pinos, y aún no hemos empezado a profundizar en el espeso bosque por el que en breve transitaremos, tan profundo y tupido que a veces, si no fuera por lo a gusto que nos sentimos en él, se nos asemeja un tanto claustrofóbico, engulléndonos a nuestro paso.

Ya en el interior del Pinar Pla, nos adelantan un par de compañeros bikers que nos indicarán donde queda el Tossal dels tres Reis, al que se puede llegar por una pista que dejamos a la izquierda, y nos harán compañía un rato en el ascenso pero nuestras interminables paradas fotográficas los harán seguir adelante en su ruta; por un momento nuestras monturas tendrán la compañía de otra “hermanita francesita”, tal vez estos amigos estén leyendo estas líneas para volver a recordar este camino. Algo más adelante, veremos el motivo del estado del camino, muchos son los coches de cazadores que suben hasta aquí, o bien otros se acercan en busca de “bolets”, un hongo muy apreciado por los sibaritas de la buena comida, como ya hemos comentado en otras ocasiones el respeto y la prudencia al transitar por los caminos nos harán disfrutar a todos sin ningún problema.



Poco después marcaremos un hito en el grupo, dejaremos atrás “a gir de Roda i colp de Pedal” las tierras de la Comunidad Valenciana para adentrarnos en tierras Catalanas, vamos al encuentro del Refugi de la Font Ferrera para lo cual descenderemos atravesando el Barranc dels Lladres, un idílico lugar que como cabía esperar, inmortalizaremos digitalmente, la espesura del bosque aquí es tal que el Sol difícilmente llega a calentar el tupido suelo cubierto de otoñales hojas que sirven de sustento a la innumerable vegetación que celosamente guarda la humedad bajo sus compañeras caídas. Vemos plantas trepadoras abrazarse a los troncos rectos de los árboles y desafiar a la gravedad, para encaramarse hacia el cielo en busca de ese Sol y así tener lo mejor de dos mundos, calor arriba y humedad y frescor abajo.
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Llegamos al refugio y tras visitarlo y charlar con Gabriel, el aguerrido montañero que lo guarda, nos apresuramos a hincarle el diente a las barritas energéticas que nos servirán hoy de almuerzo junto con un trago de agua; el bocata y la cerveza lo reservamos para luego, aunque miramos con recelo y porqué no decirlo, con sana envidia, a Carlos, que insaciable en su apetito juvenil, se calza sin perdonar, ni preguntar por si acaso, su particular “barrita”, vamos, un bocata de medio cuarto bien rellenito, uno de los dos que almacena en su mochila el angelito, el otro se lo reserva para más tarde. En el refugio podríamos incluso pernoctar, pero hoy tenemos otros planes.

Reanudamos pues la marcha para entrar en la parte más dura de la ruta; el asalto al vértice geodésico del Negrell o Montenegrelo, será con sus 1344m. de altitud corroborados por nuestro GPS, la cima de la ruta y de paso el punto de mayor altitud alcanzado en cualquiera de las rutas realizadas hasta el momento, otro hito más para celebrar. Al dejar atrás el refugio volvemos al camino por el que veníamos y giramos a la derecha, no muy lejos cogeremos otro desvío a la derecha para iniciar un ascenso pronunciado desde el principio; pasamos una cadena que nos obliga a bajar de la bici y nos dificulta el volver a ponernos en marcha ya que cuesta traccionar, el firme otra vez roto por lo escarpado de la subida, nos pondrá nuevamente a prueba.
Pero curiosamente no será en esta subida donde encontraremos la máxima pendiente con un pico del 18%, aunque con una media endiablada y la longitud del tramo será la piedra de toque de hoy. En un tramo de este camino volveremos a transitar por tierras de Castellón y es que por aquí está la divisoria provincial. A mitad de subida una parada para tomar unas imágenes aliviará nuestro sufrimiento en la subida y de paso, nos regocijaremos con unas espectaculares vistas del embalse de Ulldecona a nuestros pies.

Recuperado el aliento seguimos la cruel ascensión, más dando pisotones que pedaladas; las piedras que se cruzan en nuestro camino no estaban allí cuando he mirado unos metros por detrás para estudiar la mejor trazada, es igual, a esas seguirán otras y otras más que dificultaran la verticalidad encima de la bici. Llegamos arriba, lo sabemos por el viento que nos golpea otra vez, afortunadamente con menor intensidad que allá abajo en Fredes, pues el abrigo de las montañas nos venía protegiendo. Se abre ante nuestros ojos el Mundo. Un vasto horizonte difícilmente abarcable para nuestros ojos ávidos de paisaje, tan inquietos por querer recorrerlo todo que difícilmente se centran en nada. El mar, montañas, el embalse, barrancos rasgados en mitad de las montañas, árboles, el delta del Ebro, las islas Columbretes, más montañas, tan erosionadas y rotas como si un gigante se hubiese liado a martillazos con ellas, y tendría que ser un gigante muy grande pues el soberbio paisaje no merece menos. Montañas, más árboles, y sobrevolándonos lo que parecen ser ahora buitres ahora águilas o halcones. Simplemente alucinante.








Como dice almerich en la ya citada obra, “…es un excelente mirador sobre la parte sudoriental de Els Ports…los conglos, farallones, peñas y cortados, fallas y estratos, roturas y elevaciones, se mezclan sin dar tiempo a nuestra mente de asimilar esta compleja orografía…un caos de montañas desordenadas y abruptas…Todo salpicado de verde, en un paisaje imponente, incomprensible a nuestros ojos ante la magnitud de una naturaleza apenas alterada”.
Tenemos la inestimable compañía de un bombero que en sus labores de vigilancia forestal nos hace cómplices de su conocimiento del terreno para señalarnos y mostrarnos todo lo que conoce además de responder a un alud de preguntas sobre que es aquello y aquello otro, no nos dijo su nombre ni de que población era su dotación pero desde aquí le enviamos un afectuoso saludo a tan amable personaje que hizo guardia el sábado 13/09/2008 en el pico del Negrell. Ante tanta afectuosidad nos viene a la memoria otro guarda en otra montaña a varios cientos de kilómetros más al sur de infausto recuerdo para nosotros y para el bien de la convivencia entre humanos.


Fotos y más fotos empiezan a caer en la memoria de la cámara a un ritmo de vértigo, y es que no queremos dejar nada sin fotografiar, por supuesto las fotos de grupo conquistando otro vértice no pueden faltar, y será nuestro nuevo amigo el encargado de inmortalizarnos a pie de vértice. Llegamos a divisar la fumarola de la central térmica de Andorra (Teruel), la cima del Penyagolosa, y por detrás de las cumbres más al sur lo que creemos pueden ser algunos picos de la sierra de Espadan tan próxima a nuestra base. También nos dice que en días excepcionalmente claros y con los Pirineos nevados se pueden llegar a divisar allá a lo lejos, al igual que el río Ebro en su paso cerca de Zaragoza algo más al norte. Por más que se esfuerzan los pequeños prismáticos que hemos traído no consiguen el objetivo de mostrarnos lo que no se puede ver y además es imposible en un día como hoy, por mucho que según nos cuenta el vigilante, es un día de inusual visibilidad. Una foto de vértigo y unas cuantas miradas alrededor intentando captar ese momento, esa imagen que se nos grabará a fuego en la memoria y que nos acompañará por siempre, adiós Negrell. O mejor dicho hasta la próxima.




Marcamos el sillín con otra muesca y apuntamos otra cumbre superada en el zurrón de R&P. Estamos indecisos de donde plantar nuestra bandera ecológica, las bellotas esperan pacientes el momento pero finalmente decidimos que a lo largo de la ruta es difícil escoger el lugar para plantarlas, es tal la diversidad de vegetación que incluso a pesar de no ser una especie invasora, no queremos romper el equilibrio natural de este espacio protegido, por lo tanto hoy no habrá “plantá”, el respeto a este espacio será nuestra particular ofrenda.



Iniciamos el descenso de lo que fue el suplicio de esta subida, sorprendiéndonos a nosotros mismos de por donde hemos subido, la fuerte pendiente, unida a las piedras sueltas y la velocidad que alcanzamos en cuanto quitamos presión de los frenos nos hace comprobar que estamos ante un descenso muy técnico, no exento de peligro en algunos tramos que se acercan peligrosamente a un barranco sin la protección visual de la arboleda. Aun así llegamos abajo como era de esperar, mucho más rápido de lo que hemos tardado en subir, comentamos entre risas cuando nos encontramos de sopetón ante la cadena de antes. Giro a la derecha para dirigirnos hacia la Fou y les Valcaneres.



Antes de llegar seguiremos el camino en un interminable rompe piernas que nos hará parar a reponer de nuevo fuerzas en forma de barritas energéticas, pues estamos al limite de la resistencia. El tío del mazo viene hace un buen rato detrás nuestro pero como no nos puede alcanzar, nos está tirando piedras y alguna nos ha rozado.
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Este camino les brindará a dos de mis compañeros de ruta una imagen imborrable, una cabra salvaje nos espera al borde del camino y desaparecerá fantasmagóricamente monte arriba, ante nuestra llegada y alboroto advirtiéndonos los unos a los otros de su presencia. Hasta ahora hemos echado de menos el intenso aroma de bosque, a pesar de estar presente no ha sido tan intenso como hubiéramos deseado, aunque si que flota en el ambiente el olor de los piñones esparciendo su simiente por doquier para engrandecer más si cabe este maravilloso paraje. Llegamos a la valla que marca el inicio de esta zona privada y que coincidiendo con el GR-7 nos permite pasar con nuestras bicis o bien a los senderistas, los vehículos motorizados en esta zona tienen el acceso prohibido.

Comenzamos una larga y abrupta bajada, tan abrupta como todo el camino que llevamos recorrido hasta ahora, pocos han sido los tramos en que nos ha dado tregua. Hablando de tregua ahí viene Murphy, el camino empeora y aparecen en mitad del descenso una roderas tremendas, ni pensamos en cruzarlas a toda velocidad, por el contrario frenamos y vadeamos buscando la salida natural. Poco después en el fondo del barranco veremos unos caballos en semi-libertad pastando plácidamente en el valle. Seguimos descendiendo por este camino y llega el tramo de los pedruscos sueltos y la gravilla (por llamarla de alguna manera). Cerca del desvío del barranc del Retaule que da entrada a la Fageda encontramos a unos turistas preguntando por el Pi Gros, tampoco nosotros lo hemos visto y aunque aparece en nuestro GPS las indicaciones que les damos no son del todo correctas pues vienen de allí y no lo han encontrado. Nos adentramos hacia la Fageda y enseguida cambia el paisaje; las hayas comienzan a intercalarse en el paisaje dejandose ver por su color verde casi amarillo y sus grandes hojas. Al final de una brutal subida que marcará el máximo desnivel de hoy, el paisaje nos detiene como si hubiéramos frenado en seco. La postal no tiene desperdicio y no trataré de explicarla, mejor verla.


Nos internamos ahora en un pasadizo vegetal que nos envuelve de tal modo que en algunas curvas es difícil ver ya que parece que sea de noche. Es más, la Font del Retaule ni la vimos a pesar de pasar por el lado. Seguimos subiendo y al llegar a una curva a la izquierda descubrimos una entrada hacia el lugar mágico que estamos buscando, el Retaule.

Allí nos espera el Faig Pare, majestuoso, anclado en el tiempo y en las sombras, o tal vez sea en las sombras del tiempo, un árbol centenario que conoce más secretos y más verdades de las que estaríamos dispuestos a escuchar. Quedamos fascinados de inmediato ante su majestuosa presencia, hechizados. Parece que las raíces salen del suelo erosionado y se muestran retorcidas como dedos entrelazados de una manera truculenta, o tal vez sea el propio árbol retorciéndose por el dolor y sufrimiento que ha tenido que observar a lo largo de centenares de años, quien sabe.




No hemos venido aquí a averiguarlo sino a deleitarnos con su increíble belleza y postrarnos respetuosos ante tan enorme fenómeno natural, cuya belleza realza si cabe el conjunto del cual forma parte, y es que no hay que pasar por alto que se trata del hayedo meridional más grande de Europa. Es una autentica gozada estar bajo estos árboles y observar sus ramas que crecen paralelas al suelo y se extienden siempre en esta posición, casi como si el árbol quisiera crear una cabaña. Mil y una fotos nos recordarán con el paso del tiempo que estuvimos allí y acariciamos tan legendario árbol. Comemos allí mismo, a pie de Faig Pare, en un intento desesperado de detener el tiempo y darle algo de tregua a su interminable reloj biológico, aunque lo que realmente queremos es eternizar nuestra estancia junto a él. Siempre queremos una foto más antes de nuestra partida, un último adiós que alargue la inevitable despedida.

Volviendo a la obra de Almerich “El Barranc del Retaule conserva en su vertiente norte la joya botánica más apreciada de todo el macizo de Els Ports,; se trata del hayedo más meridional de toda Europa. Este bosque de hayas se ha mantenido gracias a la elevada humedad ambiental, la altitud y un clima no excesivamente frío al estar resguardado de los vientos, propiciando además la entrada de neblinas constantes de levante y del Delta del Ebro…En el Retaule el hayedo alterna armoniosamente con el pino albar, arce, acebo y boj…El haya puede alcanzar hasta 40 m de altura y vivir unos ciento cincuenta años…Sin embargo, algunos ejemplares como el Faig Pare pueden alcanzar los trescientos años de edad”.
Partimos con tristeza que se torna esperanza tras la promesa de alguno de volver junto al padre de las hayas. Estamos ansiosos por contarles todo esto a las chicas, pero aún nos quedan muchos momentos por vivir y muchas anécdotas que recordar, así que tiempo al tiempo y sigamos disfrutando del viaje. Volvemos atrás hasta el cruce y giramos a la izquierda como si no nos hubiéramos desviado. El Sol, un poco menos cubierto de nubes que antes hace acto de presencia y cambia por completo la vista que teníamos de las montañas, ahora mucho más definidas contra el intenso azul del cielo. Seguimos bajando en busca del Barranc de la Fou, técnicamente ya estamos en él, pero se acentuará más abajo la tremenda fractura de las montañas para crear este espacio sorprendente y realmente alucinante, repleto de monolitos en precario equilibrio y simulando obeliscos allá en lo alto.





La rapidísima bajada esconde sin embargo alguna trampa en forma de gravilla y tierra suelta que atrapará las ruedas dejándonos en ocasiones sin poder de maniobra.
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En la parada en un mirador el viento nos jugará una mala pasada, tirando mi bici y rompiendo el soporte de la cámara de video por lo que a partir de aquí, se acabó el rodaje. Seguimos bajando arriesgando más de la cuenta en algún tramo pero, ¿quien puede resistirse a un buen golpe de adrenalina? Seguimos bajando ahora en un tramo asfaltado que nos hará recordar la trepidante bajada del Mondúver, los saltos de los vierte aguas nos darán un toque extra de emoción. Ya vemos el fondo del barranco, aquí es donde se juntan todos los barrancos que vierten las aguas de las distintas laderas y se reagrupan en una sola corriente ahora prácticamente seca excepto por las aguas calmas de las fuentes.



Dejamos atrás la señal de la font i cova del Bous, al poco cruzaremos por primera vez el curso del río, ahora seco pero que en época de lluvias debe de ser temible. La fuerza incontenible del agua bajando a toda velocidad ha esculpido y horadado cada rincón del curso y ha redondeado las piedras dejando el típico paisaje “Like a Rolling Stone”.
Estamos cerca de volver a cruzar la divisoria provincial y volver a Castellón cuando nos aproximamos a la brutal hendidura que constituye en la montaña el espectacular Barranc del Racó del Tabac o Barranc Fondo que ya nos impresionó visto desde la cima del Negrell; no menos impresionante un poco más adelante el Barranc de l´Arna, ambos al otro lado del “acantilado”.

Justo encima de nosotros, en lo alto de la montaña se abre el asombroso agujero de La Foradada, una curiosa formación rocosa de grandioso tamaño que enmarca a través suyo, un precioso azul celeste mediada la tarde.

El camino ya ha perdido la empinada pendiente que hemos bajado y sigue acercándose al pantano, ya casi lo podemos oler. Tendremos que cruzar un par de veces más el barranco para alcanzar la cola del embalse y comenzar a disfrutar de esta grandísima mancha de agua verde azulada en medio de las verdes montañas. Pedaleamos junto al embalse, las últimas paradas fotográficas antes de llegar junto al coche y dar por terminada la ruta de hoy entre intensas felicitaciones y caras de inmensa satisfacción a pesar del cansancio.




Son más de las 18.30h. y no podemos esperar a comentar los últimos acontecimientos, y allí alrededor del coche las risas y las anécdotas inundan nuestro mundo. El viaje hacia la casa se realiza con numerosos comentarios y anécdotas que no tardaremos en revivir con las chicas y como no, sosteniendo entre las manos una cerveza antes de la ducha y la cena que se avecina. Tras la estupenda cena con la que una vez más nos deleita el buen Ximo, una buena tertulia como la de la noche anterior nos dará ese punto de sopor antes de coger la cama donde descansar nuestros castigados cuerpos que no nuestras almas, que ya venían descansadas y en paz.

El domingo despertamos pronto, pero algo en la tristeza del ambiente nos dice que esto se acaba. Tras recoger y despedirnos de Ximo, (que esperamos lea pronto estas líneas), nos dirigimos hacia La Pobla de Benifassar, capital de la comarca a la que da nombre.
Recorremos el pueblo fotografiando algunos de sus más bellos rincones y después ponemos rumbo hacia el monasterio de Santa María de Benifassà al que no podremos entrar por estar cerrado excepto los jueves de 13 a 15h para visitar la iglesia. Aun así merece la pena acercarse y ver el recinto por fuera y el camino flanqueado de cipreses que llega hasta la misma puerta del monasterio.
Comentar que nada más coger el desvío del monasterio hay una zona habilitada para dejar los coches y una SEÑAL ASI DE GRANDE de prohibición bien visible, por lo que lo de bajar en coche hasta la puerta no está permitido, pero como no podía faltar, siempre hay algún “carabassa” que no se entera o cree estar por encima de los demás.
De aquí bajamos al embalse y buscamos un lugar donde poder aparcar el coche con el remolque para ir a comer y para esto, que mejor sitio que el Molí de L´Abad, cuyas vistas del pantano a pie de mesa, refuerzan, si cabe, el sabor de los chuletones con los que nos estamos deleitando. Luego el paseo por las proximidades del pantano para bajar la copiosa comida y despedirnos de este fascinante lugar que de alguna manera nos ha hechizado. De esta manera damos por finalizado un fin de semana memorable que dejará huella durante muchas semanas en nuestras habituales vidas de urbanitas.
A la vuelta, la meteorología nos tenía preparada una pequeña sorpresa como compensación de la semana que tuvimos que anular por su culpa; desde antes de llegar a Castellón, en la lejanía vemos recortarse desde el mar una montaña con una forma característica, increíble pero cierto, estamos viendo el Montgó allá por Denia. Desde aquí hasta casa todas y cada una de las montañas parecen llamarnos, nosotros aunque ellas no lo crean las hemos oído y cuando menos se lo esperen, allí estaremos para conquistarlas y rendirles nuestro particular y respetuoso homenaje.

Para terminar os dejamos un par de enlaces interesantes.
El primero habla del parque natural de la Tinença y esperamos que os sea de utilidad.
El segundo es una auténtica delicia pues podéis ver íntegro el capítulo de la serie Planeta Bicicleta que emitió RTVV dedicado a la Tinença y presentado por José Manuel Almerich y Oriana Brunori: