sábado, 11 de septiembre de 2010

Crónica de los Embarcaderos de Cofrentes a Cortes de Pallás

“Recorrimos un paisaje de zafiros y esmeraldas. De azules y verdes danzando en un eterno abrazo de pura y perfecta belleza. Sentimos el valor de estas joyas de arquitectura natural siempre creciendo y eternamente cambiando. Nos envolvió el lento palpitar del tiempo y de sus gentes en estas tierras, dándonos tiempo a empaparnos de su anhelante deseo de ser conocido. Nos cautivo el inmenso placer del recuerdo, horadando nuestras almas incluso antes de haber acontecido”. Roda i Pedal
“¡Qué bien huelen los pinos cuando el Sol los calienta…!” El Último de la Fila

Viernes 10.
Pues lo que parecía poco probable a principio de año, al final ha terminado siendo una realidad. Como cada año, (y con este van 3), el fin de semana biker ha sido una vez más, todo un éxito. Tres provincias, tres embalses, tres cumbres, tres viajes inolvidables que perdurarán en el recuerdo y que pujarán con sus anécdotas, por copar muchas horas de nuestras conversaciones futuras. Esta vez, además, se nos han unido Laura y Esther con lo que la fiesta ha sido mayor todavía. Pero vamos como siempre desde el principio.
Este año todo se organizó en menos de 2 semanas por las excepcionales condiciones de trabajo de uno de los miembros, quien escribe concretamente. Así que rápidamente se busca alojamiento y reserva para la travesía final en barco que parece tener un poco de suspense, pero a priori obtenemos confirmación de ambas reservas. Ya solo faltaba llegar hasta el hotel.
Los GPS´s llevaban varios días con el track embutido en sus memorias y con ganas de soltarlo al inicio de la ruta, así que el viernes por la tarde nos ponemos en camino con el remolque cargado con las 4 bicis, en lo que seguramente será la última ruta para la “dilin” (aunque ella aún no lo sabe).
Salimos por la A 3 hacia Requena, allí tomamos dirección Almansa y luego nos desviamos hacia Cofrentes. Este paisaje tal vez por sernos poco conocido nos cautiva de inmediato. Se suceden interminables campos de viñedos alternando con otros cultivos resistentes a las frías temperaturas de esta zona en invierno, almendros y olivos ponen algo de color en las alturas. Aún por encima de ellos extensos pinares que, derramándose desde las montañas cercanas, llegan a orillas de la carretera. Algunos caminos de tierra que se internan en la frondosidad arborícola nos hacen girar la cabeza para contemplarlos y preguntarnos ¿adonde subirá ese camino? Conforme nos acercamos a Cofrentes se hace visible la mole y la cumbre del Martés, el pico Ñoño nos reconoce en la distancia celoso de no ser el destinatario de nuestra rodada de mañana.
Dejamos atrás la pedanía de Los Pedrones y el cruce con la carretera de Cortes y Yátova. Llegamos al final de este altiplano e iniciamos el descenso hacia la parte baja de esta zona domina por la vega del río Cabriel en el lugar donde alimenta las aguas del Júcar. El impacto visual es alucinante. De repente se nos muestran al otro lado del valle impresionantes moles rocosas con tremendos acantilados de caída casi vertical. Barrancos y valles cortan las montañas coronadas de torreones y almenas de piedra. El manto vegetal es una sucesión casi ininterrumpida de pinos y más pinos hasta donde alcanza la vista, y por encima de todo, sobresalen las dos fumatas blancas de las torres de la cada vez más cercana central nuclear.
Luego veremos las inmensas torres, y un poco después el promontorio fortificado coronado por el castillo que divisa, desde arriba, el pueblo de Cofrentes.
Llegamos al cuartel de la benemérita para preguntar en el restaurante de enfrente por el hotel Torreblanca. Tras unos momentos de indecisión que nos meten el nerviosismo en el cuerpo, conseguimos poner en claro la situación y nos vamos, con las llaves en la mano, en busca de las habitaciones y un lugar donde poder guardas nuestras apreciadas bicicletas.
Llegados al hotel todo cuadra y encaja a la perfección, el primer pronto promete… y esto no ha hecho más que empezar. Una vez acomodados, bajamos al pueblo a tomar un refrigerio y preguntar por la hora de la cena. Un paseo hasta el castillo y el nivel de cerveza baja hasta mínimos preocupantes, ¡¡necesitamos hidratarnos rápidamente!!
Volvemos al restaurante para caer en manos de Joan por todo el fin de semana. Desde el primer momento el trato es exquisito por su parte, recomendándonos en la elección del menú con el acierto digno de un profesional que cuida a sus clientes y sabe hacerlos sentir como en casa. Esto es un pequeño agradecimiento a como nos ha tratado estos días y no queremos, como suele ser habitual, dejar de reconocer los méritos de quien creemos que los merece plenamente. Por supuesto también lo queremos hacer extensivo nuestro agradecimiento a todo el personal del hotel y con mención especial hacia nuestro ya amigo Pepe, el propietario del hotel restaurante Torralba-Torreblanca por su dedicación y destreza para que todo esté a punto y a nuestro gusto. Tras la cena, la fiesta se prolonga un rato más en el hall del hotel que lo tenemos a nuestra entera disposición, un ratito más tarde nos vamos a dormir con el recelo que mañana será un día tan duro como memorable.


Sábado 11.

Amanecemos con menos horas de sueño de las habituales, el “ansia viva” no nos ha dejado dormir plenamente, pero eso no será impedimento para ponernos en marcha a la hora prevista después del desayuno y los estiramientos de rigor. Bajamos hacia el pueblo por la carretera en una bajada rápida que con esta alegría mañanera no nos damos cuenta que será el último esfuerzo unas horas más tarde.
Vamos siguiendo la marca del track y este nos desvía de la carretera de Jalance para cruzar el río Júcar por un puente cerca de la central nuclear. Ya que estamos con los reconocimientos; queremos agradecer la realización de esta ruta al track publicado por rutadura http://es.wikiloc.com/wikiloc/user.do?name=rutadura en wikiloc.Estamos ya al lado sur del río y pedaleamos paralelos a este durante un buen rato. Las vistas se suceden y cambian con rapidez al otro lado del río, pero el bosque a nuestra derecha nos acompañará durante muchos kilómetros. La primera vez que los GPS´s, a la limón, nos sacan del camino asfaltado es para meternos rampa. El fresquito mañanero en esta parte húmeda y sombría de la ruta ha desaparecido de golpe, tal vez porque nos estamos adentrando en el bosque y comienza la sucesión de rampas y firme cambiante que por desgracia y con el paso de la ruta irá a peor.
Poco a poco vamos ganando altura de forma paulatina hasta llegar al embarcadero de Cofrentes que queda en el fondo al otro lado del río, y será a partir de aquí cuando comience, de verdad, la parte dura de la ruta.

Una pequeña bajada como para coger impulso nos pone frente a una rampa de aspecto insolente, pero un poco más allá la rampa pasa a ser asfaltada y eso ya sabemos que no trae nada bueno, así que nos preparamos para lo peor. Miramos para arriba y vemos con sorpresa la pared que se interpone entre nosotros y el resto de la ruta, y lo peor del asunto es que por desgracia eso hay que subirlo.

Así que nos volcamos sobre el manillar para hacerle ganar peso a la rueda delantera sin que patine la trasera, eso lo equilibramos adelantando o atrasando el punto de apoyo sobre el sillín. El desarrollo ya no da para más y está con todo lo que llevamos para subir; como era de suponer se nos disparan las pulsaciones y vamos pisando los pedales hacia abajo más que pedaleando y con el corazón amenazando salirse por la boca. Una curva de 180º a la derecha pone punto final al asfalto y enseguida la pendiente recupera un tono de subida algo más “humano”, tan pronto recobramos una pizca de aliento, comentamos entre nosotros esta crueldad calculándole más del 20% a este tramo recorrido. El cerca del 10% por el que estamos pasando acto seguido nos parece de risa, pero lo que no nos la hace tanto es el estado del camino; con mucha “roñosa” que dificulta notablemente el avance, cuestión que unida al desnivel, ya nos ha bajado de la bici alguna vez a cada uno.

Esta parece que será la tónica general en todo el día por lo que hemos podido averiguar. Luis y yo nos miramos sabiendo qué significa esa mirada. Teóricamente esta era la parte “semi-llana” de la ruta planificada, y si en la subida el camino está en estas condiciones, todo indica que vamos a reventar de tanto arrastrar las bicicletas. Seguimos subiendo, el cañón a nuestra izquierda se va convirtiendo en abismo y pronto llegamos arriba a una explanada que se abre al lado del río.

La postal que se nos presenta es grandiosa, incomparable, inolvidable, vamos de las que hacen afición. El Júcar serpentea perezoso retenido por la presa de Cortes, creando meandros y cañones verticales en las montañas que, a fuerza de paso ha ido horadando. La montaña de la derecha se eleva vertiginosamente tocando su cumbre con coronas de piedra a modo de almenas, y entre ellas, se precipitan formidables barrancos al encuentro del líquido elemento. Al otro lado, el castillo de Chirel yergue sus restos desafiando el paso del tiempo desde su privilegiada posición. Lastima que el Sol con su situación tan oblicua enturbie un poco el valle con un contraluz sobre la humedad ambiental, aún así, la nikoleta está como loca haciendo su trabajo lo mejor que sabe para “pescar” esa instantánea perfecta.

Seguimos con nuestra mirada la rotunda e inabarcable muela de Cortes para ver, varios kilómetros más al Sur, al final del valle de Sácaras la punta sur oeste de esta muela y el punto al que tenemos que subir, el Cinto Cabra a 1018 metros de altitud, visión que más que tranquilizar “acojona” en su justa medida.Tras extasiarnos con la contemplación del majestuoso paisaje que tenemos a nuestro en derredor, iniciamos un descenso bastante técnico que nos llevará al fondo de este valle.
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Una vez abajo, tomaremos un camino a la izquierda que nos acercará, remontando unos metros, al pie de la muela al otro lado del barranco. Nos paramos a observar el impresionante perfil del pico del Francho y el barranco que se hunde entre las montañas. Pasaremos junto a las casas del Guarda y la fuente de las Huertecillas.

Luego desaparece este paisaje de matorral y pino joven y una inmensa planicie preparada para el cultivo, suponemos que de trigo o cebada o algo así, cultivo que se adueña del territorio por muchas hectáreas.

Nos vemos cerca del inicio de la subida y exceptuando los últimos 2 kilómetros el firme no ha mejorado nada, pero por fortuna el cambio se produce cuando más lo necesitábamos.Iniciamos el ascenso por una pista forestal con un firme bastante irregular, con mucha piedra compactada pero no suelta, algo es algo. La pendiente de momento, tampoco es nada extraordinario en contra de lo que creíamos. Eso nos hace pensar que en algún momento de la subida nos encontraremos con alguna rampa portentosa, así que vamos subiendo con buena cadencia y poco a poco empezamos a disgregarnos a lo largo de un centenar de metros y esperándonos para cumplir nuestra máxima de que el último nunca se quede solo.
Cuando el primero, que siempre es el mismo, toma unos metros de ventaja, se para bajo la primera sombra que pilla para esperarnos mientras se echa agua por la cabeza y es que el calor está apretando más de lo esperado y en la subida no perdona; el moribundo Sol veraniego aún está haciendo de las suyas y a la que nos descuidamos un poco, nos machaca, aunque a unos más que a otros. Nos vamos apoyando en el soberbio paisaje para ir remontando con más gloria que pena el serpenteante camino a lo largo de la montaña. Las vistas hacia el Sur nos muestran la cumbre del Caroig y eso nos obliga a parar para rendir pleitesía a tan mítica cumbre que tantos y tan gratos recuerdos nos provoca; amén de que nos debe una piedra…

Después del cortado que encontraremos como mirador, hacemos la última parte de la subida sabedores de que esto se acaba y el bocata está ansioso por llenar nuestras bocas.

Coronamos sin encontrar las tan temidas rampas y nos acercamos a una caseta vigía que se presta como mirador; con vista directa hacia el Norte otra cumbre importante se muestra espléndida; el pico Ñoño al que también dimos “bambú” en su día, nos vuelve a saludar en la distancia, el pico Nevera y el Tejo más a su izquierda también se dejan ver y nos terminan de ubicar. Al Sur el majestuoso Caroig y al sur oeste las cumbres cercanas a Alpera, como el Bosque, etc. ya en la provincia de Albacete.Observamos con asombro una pequeña columna de humo en la distancia, eso nos hace llamar al 112 para comunicar un posible conato de incendio cerca de Jalance, por fortuna y visto con unos pequeños prismáticos que portamos, podemos comprobar que no es humo sino una columna de polvo que levanta una máquina trabajando en un campo colindante a la arboleda. Luego nos dirigimos a la parte de la izquierda del camino para llegar hasta nuestro punto de destino, que no es otro que el vértice geodésico del Cinto Cabra y almorzar allí, a más de 1000 metros sobre el nivel del mar, bajo la protección de unos tupidos y frondosos pinos.

Las vistas y las fotos quedan para luego pues el estómago ya no nos da más aplazamientos. Saciada el hambre física intentamos hacer lo mismo con el hambre paisajística. Las panorámicas son soberbias.

El cortado que se abre a nuestros pies se muestra vertiginoso. Nos asomamos con la precaución que este abismo pone en nuestros pesados pies y vemos como el camino se retuerce entre curva y contra curva serpenteando y girando con las curvas de nivel de la propia montaña.

Vemos justo debajo de nosotros, un biker que se aleja lentamente, bajando con la precaución que impone la gravilla del camino. De igual forma observamos como se aleja más hacia abajo que a lo lejos, ya que nos separa más el desnivel que la distancia, y seguirá así hasta abajo cuando llegue a la bifurcación de caminos y sea como una hormiguita en la distancia.

Tras la foto de grupo y la piedra verticial guardada en el zurrón, nos ponemos nuevamente en marcha por un camino desdibujado en lo alto de la montaña.

Este camino, lejos de ser una pista forestal parece poco transitado, casi en desuso. Esto lo iremos confirmando poco a poco según avancemos. Entre los torreones que veíamos desde abajo cruzan pequeños barrancos que nos hacen entrar en un terreno de toboganes, lo malo de los toboganes es que para bajarlos primero hay que subirlos, y otro, y otro y otro más; pero estos toboganes al contrario de nuestros conocidos toboganes detrás de la Rodana no son un juego de niños, nos meten una y otra vez rampa a saco. que combinados con lo quebrado del firme hace que sigamos echando pie a tierra continuamente si no tenemos la suerte de encontrar la trazada buena. Esto, y no las subidas es lo que más nos está machacando. Y las bajadas… piedras por doquier, baches y un desnivel monumental que nos hace temer en más de una ocasión por una caída de consecuencias desconocidas. Solo el temor de que el resto del grupo se parta de risa de uno, hace que no nos bajemos de la bici. Santas horquillas y bendito efecto giroscopio que nos ha salvado sí o sí de una caída segura en algún momento de esta locura-tortura en la que nos hemos metido sin saberlo.

Esta sí que tenía que haber sido la parte llana de la ruta pero nada más lejos de la realidad. Este tramo nos desespera de forma rotunda. Ya fuera de los toboganes tenemos a nuestra izquierda una vista de la inmensa balsa que es el pantano de Cortes en lo alto de la montaña. Un pequeño mar azul en un lugar inverosímil. Poco después Luis que va delante se topará con un muflón parado en el camino y preguntándose qué serán esas extrañas criaturas sin patas que se acercan haciendo tanto ruido, el resto del grupo no tendremos la suerte de poder admirar la fauna local. Vamos girando a la derecha para acercarnos a la pista asfaltada que nos llevará a la casa del alto de Ayora. El desnivel acumulado, y las continuas bajadas de la bici en las subidas por el lamentable estado del firme, nos obliga a replantearnos la ruta. La visita a los chorradores de Corbinet la tenemos que posponer al igual que la visita que habíamos previsto al mirador sobre el embalse.

Todo queda aplazado ya que nos queda solo una hora de margen para llegar al embarcadero y no podemos arriesgarnos a que surja cualquier contratiempo, así que después de hacer una paradita en la casa en busca de una fuente, que no aparece por ningún lado, seguimos hasta la caseta de observación justo sobre los cañones del Júcar. Un momento después estamos disfrutando de una bajada memorable, ¡por fin!

El desnivel y la velocidad alcanzada me harán temer en algún momento por si los frenos dicen basta de tanto exprimirlos. Hoy no soy el portador de la cámara de vídeo, ese honor se lo he cedido a Carlos que nos observa desde atrás intentando inmortalizar nuestros movimientos sobre la bici y tal vez por ello hoy se ha llevado el premio gordo, una abeja ha impactado contra su pierna y le ha dejado clavado un aguijón que parece un clavo. Paramos para extraérselo y aplicarle after bite rápidamente para que amortigüe un poco el dolor y detenga la hinchazón que posiblemente le producirá la picadura. Minutos después reanudamos la bajada, no sin antes hacer una última parada para observar con asombro la colosal ubicación del pueblo de Cortes de Pallás.

Trazamos las curvas con la seguridad que da haber visto, en la curva anterior, que en esta no vienen ningún coche, así podemos recortar algunos metros e invadir el otro carril para endulzar la curva y poder lanzar antes la bici.
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Bajamos rápido pero sin perder detalle del soberbio paisaje en el que estamos inmersos. Las últimas curvas ya entrando en el pueblo son las que nos harán exprimir más a fondo las pastillas que a buen seguro tienen un calentón del 7. Cruzamos un pequeño puente y enseguida a la derecha aparece la fuente de Chapole. “Agua no potable” reza el letrero… vamos a comprobarlo. Litro y pico de agua después decidimos que ojala todas las aguas fueran así: limpias, buenas y frescas. Refrescados por dentro y por fuera seguimos camino cruzando el pueblo de Cortes de Pallás. Ya en la salida hacia el túnel encontraremos una divertidísima bajada con la que tampoco contábamos. Solo nos queda esperar al barco bajo la pinada junto a la playa fluvial y el embarcadero.

Comemos mientras admiramos los impresionantes cortados que tenemos enfrente y por los que baja la tubería que, con la caída del agua desde la balsa superior crea la energía que mueve nuestras vidas. Aún nos da tiempo a una pequeña siesta antes de que llegue el barco.
Incluso en la orilla tenemos tiempo de ensimismarnos contemplando los flashes que brillan en las puntas de las pequeñas y rizadas olas en las aguas del pantano.

Llega el barco, pasarela para llegar hasta él y el casco de Salva se “salva” in extremis de caer al agua. Luego amontonamos las bicis en la cubierta de popa y nos acomodamos como podemos en el interior de la embarcación.
Pronto nos iremos a popa para poder observar el imponente paisaje que el río ha creado en este lugar. Las paredes casi verticales en algunos lugares alcanzan alturas difíciles de creer. Nos sorprende la anchura de estos cañones. Vamos viendo el paisaje hacia atrás ya que el barco está a tope y los sitios delanteros están ocupados. Vemos como el barco también serpentea por dentro de estos cañones siguiendo un camino imaginario, y las montañas se alejan de nosotros sobre la estela que deja el barco en las caleidoscópicas aguas del embalse.
Llegamos a la altura del Castillo de Chirel. Bueno, a su altura no, él está unos 300 metros por encima de nosotros y los cortados sobre los que se eleva aún parecen ensalzarlo más. Seguimos desgranando los misterios de estos cañones que ocultan pequeñas islas en el interior de las cerradas montañas.
El paseo en barco se acaba pronto. Tan alucinantes son los paisajes que la hora de crucero se pasa enseguida. Solo nos queda remontar desde el embarcadero de Cofrentes hasta el hotel.Pegados al río-embalse, llegaremos, adivinando el camino por el que hemos ido esta mañana al otro lado del río, hasta la carretera de subida que cruza el pueblo. Ya en el restaurante iniciamos la última subida del día, aquella rampa que con tanta alegría bajamos esta mañana y que ahora intenta machacarnos. Ya no hay tiempo para eso y queremos llegar pronto al hotel para contarles a las chicas la maravillosa ruta que acabamos de marcarnos, y de paso tomarnos una cerveza, o dos, o tres…, por fin fresquitas. Ya en la piscina, o mejor desde ella, les iremos desgranando las anécdotas de la jornada, aunque más para nuestro propio disfrute que otra cosa. Vemos como se nos ilumina la sonrisa conforme rememoramos todas y cada una de las miles de pedaladas que hemos dado hoy y que esperamos no sean las últimas. Seguiremos contándolas aquí puntualmente.


Domingo 12.

Hoy si que hemos dormido como toca, a pierna suelta. Sea porque estábamos cansados, sea porque entre las cervezas, las emociones vividas y lo que quedaba de JB que siempre ayuda, al final de la noche los ojos se nos cerraban solos, o sea un poco por ambas cosas, el caso es que al sonar el despertador eran pocas las ganas de levantarse. Las voces roncas aún delatan los excesos de anoche junto a la piscina, incluso hubo tiempo para contemplar un fantástico y límpido cielo que muestró sin excepción todas sus joyas, pero un buen desayuno nos pone a tono para iniciar el día.
Hoy no toca bicicleta, hoy toca disfrutar con las chicas de una espléndida mañana de domingo, por lo que hemos planeado una excursión a La Cueva de Don Juan en Jalance, un precioso escenario asomado a las hoces del Júcar a medio camino entre los embalses del Molinar, en la provincia de Albacete, y el de Embarcaderos en Valencia.
Tras cruzar Jalance iniciamos una subida por una carreterita secundaria hacia la Sierra del Boquerón. Vamos en coche, pero vemos la subida con ansiosos ojos de biker. Una paradita en el mirador de Jalance nos da una idea más aproximada del tremendo desnivel que acabamos de subir.

Esta subida nos ha costado menos esfuerzo y sudor que si la hubiéramos hecho con las bicis, pero también se disfruta mucho menos. Continuamos, siguiendo los carteles, hacia la cueva. Llegamos a un gigantesco abrigo natural en forma de media luna que se interna a la izquierda del río según lo remontamos. Las paredes de las montañas, a ambos lados del río, dejan al descubierto oquedades en la rojiza roca allá donde los pinos nos permiten verla.
Esperamos el siguiente pase a la cueva observando todo a nuestro alrededor. Luego la visita guiada por un bosque de estalactitas y estalagmitas empeñadas en crear paisajes imposibles de imaginar, tan privados y selectos que la naturaleza los esconde en lo más hondo de la tierra y los custodia con pequeños dragones alados.
Salimos de la cueva para dirigirnos al mirador sobre los cañones del Júcar. El impacto visual es abrumador. Los cortados del otro lado del río son vertiginosas paredes verticales de desproporcionada altitud. A media montaña discurre un sendero por el que es difícil distinguir a los senderistas que circulan por allí, tal es la magnitud del conjunto.
Hacia la izquierda, contra corriente, el río se estrecha en un angosto pasillo flanqueado de estas tremendas caídas. Y en la parte de abajo, ocultando el río, un bosque de pinos que impregnan de aroma todo este valle. No nos moveríamos del sitio de no ser por el intenso Sol que nos castiga y porque la hora de comer se nos hecha encima. Regresamos por el mismo camino por el que hemos venido. La bajada la hacemos más si cabe con el ansia rota del biker que se ha olvidado la bici en casa. Llegamos al restaurante donde una excelente comida en forma de cocidos para unos y gazpacho manchego para otros, aderezados con un buen vino será el colofón a un fin de semana inolvidable. Con las barrigas llenas y tras un brindis final, nos despedimos de Pepe y de Joan con la sensación de conocernos de toda la vida, con la sensación de despedirte de dos buenos amigos por la forma en la que nos han tratado. Con las maletas ya preparadas, una horita de siesta reconfortante nos dejará el cuerpo ajustado para el regreso a casa, pensando ya en el camino de vuelta algunos párrafos de esta crónica y disfrutando de los últimos instantes de un paisaje digno de visitar, recorrer y explorar, paisaje que damos por seguro visitaremos de nuevo en un futuro no muy lejano. Hasta la próxima.